Mirando al suelo
En Septiembre de 2000 me fui a vivir a Madrid por motivos de estudio. Compartía piso con 3 conocidos de Torrijos cerca de Ciudad Lineal. Todo era nuevo; nuevo hogar, nuevos estudios, nuevos compañeros de clase, nueva vida. Por supuesto yo estaba feliz ante tantas novedades.
El primer día de clase me levanté temprano, sobrado de tiempo. Fui al metro con una enorme sonrisa dibujada y cogí mi tren con destino a Leganés. ¡Aquello era toda una experiencia para un pueblerino como yo! Tanta gente junta, todos desconocidos, cada uno con sus vidas, sus problemas, sus destinos… Observaba a cada uno de ellos. Después de 5 paradas incluso me sentía íntimo de algunos. Me enamoraba cada día de distintas chicas que se sentaban a mi lado, o de la joven tímida con la que choqué cuando cruzamos la puerta del vagón.
Pero lo primero que me sorprendió fue lo distinto que era al resto de casi todos ellos. Mi ingenua sonrisa, mi ilusión y mi mirada al frente no eran propias de un lugar como un vagón de metro. Todos eran distintos a mí. Los que menos, aprovechaban para leer. Aquello era una galería de best sellers donde Harry Potter y El Señor de los Anillos eran los aplastantes vencedores. Pero la gran mayoría se sentaban en sus asientos y miraban fijamente al suelo con gesto de indiferencia. ¿Qué mirarán?
Un par de meses después, en mi trayecto a clase vi algo que jamás pensé que vería. Me vi mi mismo sentado con la mochila entre las piernas mirando fijamente el suelo. No estaba mirando nada. Simplemente adopté la postura de espera. Y es que en las grandes ciudades todo se hace esperar… Me había convertido en uno de ellos. Y lo peor no era eso. Lo peor era que corría la maratón junto a ellos en los trasbordos de metro. Peleaba por llegar antes que la maruja al asiento libre del fondo. No reaccionaba al caminar y ver que por poco piso un mendigo, el cual ya no era una persona desafortunada, sino que sólo era un objeto, un obstáculo en mi recorrido a clase. La empatía no existe en el escenario de la ciudad, al menos para alguien como yo.
Mis circunstancias me hicieron retornar a mi pueblo. Todo el estrés, prisas y agobios propios de la ciudad desaparecieron. Entonces comprendí que no estoy hecho para ese entorno. No quiero convertirme esa persona egoísta, con prisas, y que no siente nada hacia los desconocidos, no quiero vivir en un lugar donde prácticamente nadie ayuda a nadie, no quiero ser preso de cimientos y asfalto
No quiero mirar al suelo, sino mirar al frente, mirar lo que me rodea
¿Y ahora? ¿Entiendes por qué no me gusta vivir en Madrid?