Todo comenzó una soleada mañana a principios de noviembre de 2008. Hasta ahora, tras 6 años con la misma compañía, nunca habíamos tenido ningún problema, salvo algún corte esporádico en la conexión dos veces al año, por decir algo. Sin embago… ¡ay iluso de mi! No sabía lo que me esperaba. Aquella mañana todo cambió…
Por esas fechas comenzaron los primeros síntomas. La conexión se iba varias veces al día. Nada crítico, si no fuera porque en esta línea alojo un equipo como servidor de pruebas para algunos trabajos con más gente. Lógicamente ellos enseguida se vieron afectados. Lo solucioné haciendo que cada 5 minutos el equipo actualizara al servicio de dns dinámica su IP. Problema “medio resuelto”.
Los días pasaban y la conexión no mejoraba. Fue entonces cuando me puse en contacto con Telefónica. Manda huevos que me tenga que saber de memoria su dichoso número de teléfono. El caso es que una señorita de acento sudamericano me dijo muy amablemente que, como el router que utilizábamos no era de Telefónica, no podían darnos soporte. En otras palabras: Te jodes, compra un router de Telefónica, que sino yo no se seguir mi guión de comprobaciones preeliminares.
Aun recuerdo aquellos días, tiempo ah, cuando llamando a ese mísmo número de teléfono te atendía un hombre, a menudo con acento gallego, capaz de resolver todos los problemas. Si hacía falta navegaba por Internet para averiguar cómo configurar ese router tuyo de marca casi desconocida. Entiéndase esto que acabo de contar en su sentido más literal: Prefiero que me atienda un hombre de nacionalidad española. Mi experiencia personal me ha demostrado que en la mayoría de los casos los hombres dan muchísimo mejor soporte técnico que las mujeres. Además, si son españoles la conversación será más fluida, cómoda, y desde luego cercana.
Prosigo con mi odisea. Tras meditarlo, influenciado por los persistentes cortes en la conexión, decidí adquirir su flamante router (Flamante… Sólo veo esta palabra en blogs). 65€ me dijeron. Sumándole IVA y transporte en 80€ que se quedó. Contad: uno, dos, tres… así hasta ochenta. Eso me costó la mierda de router de telefónica que impide realizar a base de clic cosas tan cotidianas como enrutar un puerto a un equipo en la red local. No, en serio. Para abrir el puerto 80 hay que hacer maravillas extraídas por algún gurú de la ingeniería inversa publicados en recónditos foros de Internet. Por supuesto, el fallo persistió.
Un buen día, ya bien entrado diciembre, salía feliz de casa cuando casi sin darme cuenta me percato de que estoy pisando un cable que recorre el suelo de mi calle. ¡Oh dios mio! ¡Pero si es el cable que proporciona línea telefónica a mi casa! Como buenamente pude me armé con una escalera, martillo y clavos, y amarré el cable a una de las parades, a la espera de que un técnico cualifiado lo dejara en condiciones. No fue hasta dos semanas después que el operario lo corrigió, por supuesto diciendo el clásico “¿Pero este cable quién lo ha instalado?”. Capuyo, si no fuiste tú fue tu compañero, porque hace dos años pasó lo mismo. Pero volvamos a mi conexión… ¿Quizá el problema era ese? Nada más lejos de la realidad. No sólo no se solucionó, sino que cada día iba a peor.
Nos situamos en la primera semana de enero. Llamo nuevamente al teléfono de asistencia de Telefónica. Me atiende la misma señorita de todas las veces:
- Hola buenas tardes mi nombres es Ana María Cartesona del grupo ADSL. ¿En qué puedo ayudarle?
- Hola Ana. Verás, hace cosa de 2 meses que sufrimos cortes intermitentes en la conexión. Hemos adquirido inultimente un router por medio de su compañía, ya que sino no nos daban soporte, pero el problema persiste. El cableado exterior lo han reinstalado. Por favor, no me de instrucciones protocolarias de reinicios de router, porque estoy cansado de hacerlo. Sáltese esa parte y asuma lo que le digo como cierto. ¿Qué puedo hacer?
- Bien, espere un momento – Pasan 2 minutos y vuelve – Verá, me he puesto en contacto con el equipo técnico, que reemplazará su tarjeta de abonado en la central en la que opera. Lo realizarán esta noche de madrugada.
- Perfecto, veamos si al fin se soluciona el problema. Muchas gracias
Por supuesto, no se solucionó. Pasaron los días. Nos situamos ya a 19 de enero. Desesperado le pido a mi familia que probemos a estar sin teléfono fijo, esto es, conectando el router directamente al cajetín de Telefónica, desactivando toda la red de la casa. Acceden y realizamos el experimento.
¡Buenas noticias! Parece que funciona. El error era de la instalación de la casa
Espera…. Oh, no… Se ha vuelto a ir Internet. Veámoslo en perspectiva:
- No es fallo de los equipos. Tenemos varios en casa. Unos con Windows, otros con Linux. Unos por WiFi, otros por cable de red.
- No es por el router. Hemos probado tres, y con todos sucede.
- No es de la instalación de la casa. Desactivando todos los cables siguie fallando.
- No es del cableado exterior. Está recién instalado.
Blanco y en botella… ¡Es cosa de la central! Llamo a la misma señora de todos los días y, tras soltarle una versión actualizada del discurso anterior, le pido una solución, y esta fue su respuesta: Verá, en estos casos en que la calidad de la señal es insuficiente, el mejor consejo que le puedo dar es que se dé de baja del servicio. – ¿¡Que qué!? Y una mierda. Es como si vas a un taller y te dicen “verá, no sabemos arreglar su coche, el mejor consejo que le puedo dar es que deje de usarlo”, pero en peor. Imagina que es el único coche que puedes tener. Sí, hay más marcas, pero te venderán ese mismo coche cambiándo el logo y ya está, pero seguirá yendo a la misma velocidad, consumiendo lo mismo… todo igual. Monopolio de infraestructuras, y ciudadanos desprotegidos…
Ya el día 21, aun con el experimento en marcha me llama un amable (No en serio, lo fue) técnico de Telefónica diciéndome que está en la central que nos da conexión. Me informa de que ahi nadie ha realizado un cambio de tarjeta, ya que a cada una de ellas se conectan unos 50 abonados y es un procedimiento que no se hace así como así. Hace pruebas y me dice que todo está perfecto. Qué digo perfecto, me dijo que ya quisiera él que los parámetros de todas las conexiones fueran igual de óptimos. Sin embargo, y pese a los seductores atributos de los parámetros de mi conexión, yo no tengo Internet constante (je). Estupefacto, me propone dos soluciones:
- Darnos de baja para darnos de alta tan pronto sea posible, y que de ese modo nos asignen otro nodo. Esto, dice él, solucionó el problema hará dos años a una señora que le ocurría exactamente lo mismo.
- Quedarnos una temporada sin Internet, mientras él dejaba un router en la centralita, para comprobar que efectivamente perdemos la conexión.
Optaremos por la primera solución, ya que puestos a quedarnos sin Internet, que por lo menos algo cambie, ya que el segundo escenario es sólo para que ellos verifiquen lo que para mi es un hecho. Mejor saltarnos ese paso.
Por cierto, a día de hoy los cortes suceden muy a menudo, es muy extraño pasar 30 minutos seguidos sin que ocurra. Además, ya no se trata de pequeños cortes de unos segundos. Algunos han llegado a prolongarse hasta más de 45 minutos.
En fin, espero decir pronto que vuelvo a disfrutar de banda ancha sin cortes.